Jalón de Cameros, web oficial del ayuntamiento

JALÓN DE CAMEROS

WWW.JALONDECAMEROS.ORG

Está en:

Mi infancia en Jalón

CUANDO ME PIDIERON COLABORAR EN VUESTRA REVISTA (A.S.R.), LO PRIMERO QUE ME VINO A LA CABEZA FUERON MIS ESTANCIAS EN JALÓN DE CAMEROS DESDE MI MÁS TIERNA INFANCIA HASTA QUE TUVE 13 AÑOS.

Mi abuelo —Cipriano Martinez Calleja— tenía un hermano en Jalón, el tío Demetrio, casado con la tia Ipa —Felipa Calleja—. Y su hija Tere ayudaba en casa de mis padres, en Logroño, cuidando de los pequeños.

Cuando llegaban las vacaciones escolares subíamos a Jalón "con la Tere", y allí recuerdo yo haber pasado Navidades, Semana Santa y veranos. ¡Qué tiempos!

Imagen de casa en Jalón

Recuerdo la casa, con su planta a pie de calle, donde estaba la cocina, las habitaciones y el salón. Junto a la casa, puerta con puerta, habia un huerto, del que recuerdo un ciruelo al fondo con unas ciruelas extraordinarias.

Encima estaba el granero, lugar donde se guardaba el grano (cereales), el pan (que se cocía en casa), el vino (en un pellejo que era la piel de un cerdo), distintos aperos (para hacer chorizos, llenar morcillas, picar las berzas para los cerdos...), un horno de cocer el pan, una cama en la que yo me echaba la siesta y donde leía cuentos que recuerdo venían en las tabletas de chocolate.

Debajo estaban las cuadras para los machos, pocilgas para los cerdos, gallinero y el corral.

Además, en otro edificio, a pie de carretera, estaba el corral de las ovejas, enfrente de lo que llamaban "la huerta de la Inés", y cruzando el río, encima de la fuente, la era de trillar y el pajar.

Todo estaba lleno de vida. He empezado a escribir y se me amontonaban las ideas, las frases sobre esto o lo otro. Todos los recuerdos querían salir de golpe, mezclados, uno me llevaba a otro y ese a otro... He decidido llevar un orden y empezar por la casa, por la planta principal.

Entrando había un distribuidor, y a la derecha la cocina. En ella había un fuego en una zona levantada donde se cocinaba, con una base metálica y un trasfuego. Encima del fuego, colgando de la chimenea, había unas llares en las que se colgaba el caldero en el que se cocían berzas y patatas para la comida de los cerdos, que luego se mezclaban con salvado al echárselo al gamellón. El salvado era la cáscara del cereal que quedaba de la molienda del grano. Con la harina se hacía el pan (blanco), y el salvado para los cerdos. Hoy se aprovecha para hacer el pan integral... A mí me gustaba ayudar a la tía Ipa y a las primas, —Tere y Ceci— a echarles de comer a los cerdos, a las gallinas...

A los lados del fogón estaban los escaños, bancos grandes corridos en los que cabían 3 ó 4 personas. Y en uno de ellos, debajo, a veces guardaban alguna gallina.

Detrás de la puerta de la cocina había una tinaja grande, que se llenaba con agua que se traía de la fuente en cántaros, porque no había agua corriente. Esa agua se utilizaba para guisar y fregar. Para lavar se iba al rio. Para beber se traía todos los días agua en botijos. Esa era labor mía, que hacía todas las tardes muy contento. Me daban la merienda y el botijo y me iba a la fuente de paseo. Cruzaba el "río Chico", que pasaba junto a la casa, llegaba a la casa de Félix, el cartero, cruzaba la carretera, y me iba a la fuente cruzando el "río Mayor" por el puente. Era un puente preparado para pasar andando o con caballerías. Unos pilares de piedra, el suelo de travesaños de madera, encima estepas (0 estrepas) y encima tierra. No había camino para vehiculos... No había vehículos!!!

Después de la cocina estaban las habitaciones. Recuerdo las camas. Altas. Casi había que saltar para sentarse. Con colchón de lana, que se vareaba todos los años para que quedara limpia y esponjosa. Y su mesilla, con "el tito", orinal de porcelana, muy útil en aquella época. Como no había water, tenias que bajar a la cuadra y salir al corral para hacer tus necesidades.

Al final, el salón. Habitacion que se usaba en los acontecimientos importantes, ya que la vida diaria se hacía en la cocina.

Imagen de la torre de la iglesia de Jalón

Estando yo en Jalón llegó el teléfono al pueblo. Todo un acontecimiento. Vinieron “las autoridades", estábamos en la carretera esperándolos con banderitas. Estaba de cura D. José Miguel Rubio, que luego fue Ecónomo del Seminario Conciliar. De momento sólo se puso la Central telefónica, sin ningún abonado en el pueblo. Y se colocó en casa de los tíos. En el salón.

Cuando alguien del resto del mundo quería hablar con alguien del pueblo, pedían “aviso de conferencia", que consistía en que desde otra Centralita llamaban a la Centralita de Jalón para que avisaran al destinatario de la llamada de que —a tal hora-, estuviera allí porque le iban a volver a llamar. Para ese recado ayudaba yo cuando estaba por el pueblo, que iba raudo y veloz a dar el “aviso".

Había luz, pero la daban “a cazos”. Venía del molino de San Román, y fallaba bastante. Por eso, se funcionaba con velas, candiles de aceite, candiles de carburo y lintemas. A mí me llamaba mucho la atención el de carburo. Dos recipientes unidos a rosca. Abajo se ponían piedras de carburo, arriba se ponía agua. Con una rueda-rosca, desde fuera, se dejaba pasar más o menos agua de arriba a abajo. El carburo reacciona con el agua y desprende acetileno, un gas inflamable que se hace salir por una boquilla colocada en la parte superior del candil y que al arder da luz. Si querías más luz, abrías más el paso del agua. Si querías menos, lo cerrabas.

Como la Central telefónica necesitaba corriente eléctrica sin cortes para su correcto funcionamiento, en la parte inferior había un cajón con 6 u 8 pilas unidas entre sí que suministraban dicha corriente. Eran redondas, como las de una linterna, pero muy grandes, de más de 20 centímetros de altura.

Cuando las pilas se gastaban, Pipe (Felipe), uno de los primos, las aprovechaba para hacer una linterna artesanal. ¡Un artista!

Del distribuidor de la entrada había una escalera que subia al granero, en donde ya he dicho que había un horno, en el que se cocía el pan para casa. Se limpiaba cuando estaba frío. Y ahí colaboraba yo, que como era pequeño cabía por la boca y recogía los restos de ceniza. Y cuando cocían me hacían un bollo con un chorizo dentro que era gloria bendita.

Cuando cocían pan hacían unas hogazas grandes que guardaban en una tinaja grande y las tapaban con una manta. Aquello duraba 8 ó 10 días, y estaba igual de bueno al principio que al final. Cuando estaba ya un poco duro recuerdo a mi tío o a alguno de los primos (Pedro o Felipe) sentados en la cocina con un cunacho debajo, una garlopa enorme entre las piernas con la cuchilla hacia arriba, y pasando la hogaza por encima haciendo las tiras finas de pan para hacer migas.

Más adelante, a por el pan bjábamos a San Román. Al molino. En bicicleta. Ahí tambien colaboraba yo Unas veces pagaba en pesetas pero otras llevaba uynos vales que les habían dado a cambio de trigo que habían llevado. Y me cambiaban el vale por una hogaza de 2 Kg. Era una actividad que hacía contento. 2,5 Km. de ida y otros de vuelta, por una carreter de piedra apisonada. A las 12 o la 1 del mediodía. ¡Feliz! ¡Me sentía importante!

Del distribuidor de la entrada había otra escalera que bajaba a la cuadra. Allí estaban los machos, los cerdos, las gallinas, los conejos...

Los machos eran listos. Siempre que venían del campo, cada uno se iba a su pesebre. No es que supieran sólo cuál era su pesebre. Si alguna vez iba yo al campo y volvía a casa en un macho —eso ya cuando era más mayorcito, como lo de ir en bicicleta a por el pan-, no tenía que decirle por dónde tenía que venir. Él me traía desde la pieza hasta la puerta de casa sin que apenas tuviera yo que mover el ramal.

Su uso era muy habitual. Recuerdo, sobre todo, las faenas del campo. Y en especial el acarreo de los haces de mies desde la pieza hasta la era. Veía con asombro cómo ataban cada uno de los haces y que no se cayeran luego en el transporte.

Y luego la trilla. Se extendía la parva y empezaba el ritual de dar vueltas con el trillo arrastrado por los machos. Se usaba el típico trillo que en la parte inferior estaba lleno de piedras cortantes con las que se iba cortando la paja y rompiendo las espigas para que soltaran el grano. A mí me gustaba montarme en él, guardando el equilibrio. Y otras veces, agarrado al final del trillo, tumbarme en la parva dando vueltas. Recuerdo, incluso, haberme tumbado agarrados por los pies, con “las sobrinas de la Inés", los tres, dando las vueltas. El vecino tenia un trillo de ruedas metálicas, plataforma, y una silla atornillada encima... Un lujo.

Pasado un rato se le daba la vuelta a la parva. Se almorzaba, se echaban unos tragos, del botijo o de la bota, según la edad, y por la tarde se recogía la parva. Se ponía un tablero largo atado a los machos, a lo ancho, nos subíamos encima agarrados a las colas de los machos, y hacíamos de pared. Al avanzar los machos, se iba recogiendo la parva, que iba subiendo por las piernas y a los chavales nos llegaba hasta la boca... Para los mayores, la trilla era laboriosa. Para mi era una fiesta. Luego se aventaba. Si hacía buen aire, era una bendición. Si no hacía aire era más laborioso. Una vez terminado, el grano a las talegas y, en los machos, a casa. Al granero. Y la paja, al pajar. En lienzos —paños cuadrados con correas en las esquinas—. Se llenaban, se ataban, al hombro y al pajar. Los chavales nos tirábamos desde las bocas superiores para aplastar la paja y que cupiera más. Paja hasta las orejas, y alguna raspa, sobre todo si era cebada. Ya digo, una fiesta.

Un verano, en el que estaba yo, llegó a Jalón la primera trilladora. Había que llevarla a las eras, pero no había camino. Las eras estaban enfrente del pueblo, encima de la fuente, y se accedía por un camino de caballerías, cruzando el puente que he descrito anteriormente. Pero nunca antes había pasado un tractor. Solución, el tractor y la trilladora cruzaron por el río, y una vez cruzado... habian hecho camino ancho hasta las eras para que pudieran subir. Así llegó a Jalón la primera trilladora. No recuerdo la fecha, pero yo tendría unos diez años, o sea, hace casi 65.

Aquello fue un acontecimiento. La trilladora funcionaba con una correa transmisora accionada por el motor del tractor. Se introducía la mies, la trillaba, el grano salía por un costado y se recogía en sacos que se ponían en las bocas de salida. Y la paja la expulsaba con fuerza de tal manera que, o la echaba a un montón, o se canalizaba con unos tubos anchos hasta el pajar si estaba cerca. El pajar de los tíos estaba cerca. Se acabó el trillar “a pata", el aventar y el recoger la paja en lienzos. Hoy, año 2021, tampoco se labra, ni se siembra, ni se siega (entonces se segaba con hoz, protegiéndose la mano izquierda con la zoqueta, y venían a ayudar a segar los gallegos, que es como se llamaba a los segadores, porque muchos eran de Galicia), ni se acarrea... la orografía no permite la mecanización, y el terreno se dedica a la ganadería. Todo cambia.

Imagen de morcillera en Jalón

En la cuadra estaban también los cerdos. Esos animales de los que se aprovechan hasta los andares. De comer les echábamos la berza con patatas que se cocían en la cocina, mezcladas con el salvado. Se engordaban, y a todo cerdo le llega su San Martín. La matanza era otra fiesta. ¡Y me pillaba en Jalón! Para llevarlo a la mesa de matanza lo agarraban con un gancho debajo de la barbilla, lo tumbaban y le clavaban el cuchillo para desangrarlo. Lo sujetaban los hombres de la casa. El tío, los primos... y yo, que me dejaban agarrarlo un poco por el rabo. Daba unas coces muy fuertes y era peligroso.

Se recogía la sangre para hacer morcillas y, una vez muerto, se chumarraba en el corral y se raspaba la piel. Se empezaba a descuartizar, se sacaba el mondongo para limpiar las tripas y aprovecharlas para luego envasar chorizos y morcillas. Se lavaban en el río. En el granero estaban los aparatos de envasar ambas cosas. Se aprovechaba todo. El intestino grueso para morcillas. El delgado para chorizos. La vejiga para guardar la manteca ...

Pero lo primero de todo era mandar "las chichas" a analizar al veterinario, que estaba en San Román, para descartar que el cerdo tuviera larvas de triquina, que podrían provocar triquinosis, enfermedad que puede llegar a ser mortal.

Hasta que no llegaba el resultado del análisis no se empezaba a comer el cerdo. Si no estaba infectado. empezaba el festín y todo el trabajo de conservación, que ya no voy a describir, pero lo vivi con intensidad. A mi me gustaban las morcillas. Eran dulces. Yo ayudaba alllenarlas con una morcillera que había en el granero. Se dejaban secar como los chorizos, y luego a veces me las ponían para merendar en rodajas en bocadillo como si fuera chorizo o salchichón. Otras veces me ponían chocolate. Aquellas tabletas venían con un cuento, un librito pequeño, que leía con interés. Cuando me ponían chocolate, siempre me dejaba un trozo para €l final, para que me dejara buen sabor de boca. Lo sigo haciendo.

Imagen de gallo y gallinas

Saliendo de la cuadra estaba el corral. Por allí correteaban las gallinas a sus anchas. A veces se salían y se iban a la orilla del río Chico, y al ir a guardarlas había que ir a buscarlas. Su alimentación incluía restos de nuestra comida, pieles de frutas, verduras...), granzas (restos de grano que quedaban en las espigas al trillar la mies y aventar)... y restos de nuestras defecaciones. El corral era nuestro water. Había que andar con cuidado si cuando te agachabas había alguna gallina rondando, que alguna picaba. Y me llamaba la atención que, cuando había terminado la faena, a los 2 minutos no quedaba ni rastro de lo que yo había dejado allí.

Por último, el corral de las ovejas. Estaba en la carretera, cerca de la casa de la Inés, camino de San Román. Se sacaban por la mañana para ir al campo a pastar. Solía ir con ellas alguno de los primos. Preparaban el zurrón en casa y no volvían hasta por la tarde. A veces se ponían de acuerdo con otro vecino del pueblo, juntaban los rebaños, y así iban menos días al monte cada uno al repartirse el trabajo. Al atardecer volvían al corral. Había que contarlas para ver que no faltaba ninguna. Se les echaba pienso y paja en los pesebres del corral. De vez en cuando se les daba sal en unas losas de piedra en el campo, y además en el corral había unas bolas gordas de sal para que ellas las chuparan.

Cuando nacían los corderos era otra fiesta. Si nacían en el campo, los traían a casa en las alforjas. Era bonito ver cómo mamaban. Yo me metía en el corral entre las ovejas y disfrutaba. Generalmente eran pacíficas, aunque de vez en cuando habia algún carnero que te enfilaba y había que tomar precauciones.

Imagen de Jalón con nieve

Me dejo cosas en el tintero, pero hay que terminar. Y lo hago haciendo desde aquí un llamamiento a los jóvenes para que "interroguen" a sus abuelos y dejen por escrito sus recuerdos y experiencias. Seguro que tienen mucho que contar.

Lo escrito permanece. Las palabras se las lleva el viento. Y un abuelo que muere es una enciclopedia que se cierra.

© 2008-2025. Ayuntamiento de Jalón de Cameros. C/La Iglesia 1, 26134. Jalón de Cameros (La Rioja)

Contacto | Aviso legal | Mapa Web
Icono de ¡CSS Válido! Icono de código XHTML 1.0 Transitional válido Icono de conformidad con el Nivel Triple-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI